Como la mayoría de los aquí lectores saben, vivo con una condición autoinmune que a la vez es una enfermedad crónica, lo que significa que viviremos juntas por el resto de mis días. Esto no significa que tenga una vida miserable (para muestra, la foto de mi desayuno) y esté condenada a lidiar con la adversidad, aunque muchos días sí… sin embargo puedo reconocer que hace algunos años, cuando todo comenzó, no entendía nada y la pasaba muy mal. Pensaba que cada vez que elegía comer algo que «no debía», Dios me miraba con cara de desaprobación y brazos cruzados, por lo tanto me castigaría con un padecimiento aún peor. Este pensamiento no es exclusivo de los de mi especie, en realidad, esta idea surge en la cabecita de todos los humanos que crecimos bombardeados por LA CULPA. La infame culpa es una emoción que aprendimos y que nos fue dada desde antes de nacer. Esta se activa en nuestro cerebro cada vez que hacemos algo que falta a la obligación del deber ser o deber hacer, y esto a su vez, sucede generalmente cuando decidimos realizar alguna actividad de infinito disfrute e inmensa satisfacción, como comer, dormir siesta, procrastinar, comer, divertirnos, reír, retozar, videojugar, comer, etcétera. Recién había comenzado a ignorar las voces en mi cabeza que invitaban a la Señora Doña Culpa a pasar, (sobre todo al momento de comer golosinas) cuando sucedió un evento que recuerdo muy desafortunado… para mí. Un día en una reunión, hace no mucho tiempo, la mamá de una amiga le ofreció galletitas a todos los ahí presentes, menos a mí, disculpándose con la consigna de estar cuidando mi diabetes.  Han sido muchísimas las veces que en medio de un bocado alguien me lanza la típica pregunta: -«¿Te enfermaste por comer mucha azúcar?», también he lidiado con el hecho de que las personas cuiden lo que yo debo comer (como la mamá de mi amiga)… ¡y me choca!… a pesar de la buena voluntad que le nazca a la gente, ¡es una monserga!, porque no soy una niña pequeña, porque yo elijo sobre mí, y quien domina su condición soy yo. Me costó años de aceptación, de aprendizaje, de ensayos y errores, de discusiones con mi endo y con mi nutrióloga, de desvelos leyendo y escribiendo. La historia anterior, estoy segura que tampoco es algo que sólo nos suceda a quienes vivimos con diabetes, sino a la humanidad en general, porque en el caso específico de nuestra relación con la comida, nos creímos el cuento de que comer nos hará obesos por lo tanto eventualmente seremos personas solitarias, porque a nadie le gustan los «enfermos», ni los «gorditos», ni la «celulitis»… (coloque aquí entre comillas todos los prejuicios, sustantivos y adjetivos calificativos que se le ocurran: «_______________________________________________________________________________________________________»). No culpo a nadie; ni a la mamá de mi amiga, ni a los preguntones, ni a cualquier persona que tenga creencias similares, ni a los que juzgan a las personas por su sobrepeso, o por ser transexuales, o por tener tal o cual color de piel, o porque le guste la música de banda, o por lo que sea que nos haga distintos; simplemente así nos educaron, y está en quienes nos salimos del cuadro hacerles ver que hay otras formas, otros cuerpos, otros estados de salud, otros modos… otros humanos. Dirás, «¡ay, padrísimo!», pero ¿Cómo se soluciona el problemita de mantener una relación tóxica con la comida? Para concebir comer «saludable», que significa comer de todos los grupos de alimentos todos los días, con medida (especialmente con medida en grasas y carbohidratos, o sea azúcares) el primer pasito es atender simultáneamente otras necesidades, como las emocionales.  A estas, un gran tipo, llamado Abraham Maslow las clasifica en la base de una pirámide de necesidades del ser humano. En este primer nivel o base, habla acerca de las necesidades instintivas y hace una distinción entre necesidades “deficitarias” (fisiológicas, de seguridad, de afiliación, de reconocimiento) y de “desarrollo del ser” (autorrealización). La diferencia entre una y otra se debe a que las “deficitarias” se refieren a una carencia, mientras que las de “desarrollo del ser” hacen referencia al quehacer del individuo. Satisfacer las necesidades deficitarias es importante para evitar consecuencias o sentimientos nada placenteros (como comer con culpa).  Entendiendo lo anterior, podemos comenzar a frenar el deseo por llenar nuestros vacíos existenciales con sustancias químicas que produce nuestro cerebro cuando disfrutamos muchísimo de algo, llámese comida, alcohol, drogas, sexo, deporte, etcétera; y despertar  la conciencia y amor por la vida; por el templo perfecto que es tu cuerpo y escucharlo y parar cuando te diga: -«estoy satisfecho, es suficiente, gracias». (Por cierto, es justo en ese templo donde vive Dios, y tiene una sonrisa divina de aprobación y motivación, escucha y compasión amorosa… y los brazos muy abiertos siempre listos para estrecharte). Ya para terminar, déjame redundar en algo: Comer no te engorda, comer es una necesidad humana básica, y si has creído por mucho tiempo lo contrario, es momento de desaprenderlo… También, quiero decirte que si eres una persona que no encaja en los estándares de «belleza»o de «salud» por equis o ye razón, igualmente eres perfecto y digno de amor.  Y te preguntarás, todo esto suena súper, pero entonces ¿cómo le hago para hacer rollito la culpa y mandarla por un tubo bien lejos de mi vida? Pues la respuesta está (como en la mayoría de todas las enfermedades, adicciones, condiciones y aprendizajes) en la aceptación.  Acéptate tal y como eres, dejando en un pozo muy profundo y tapado con una enorme piedra el «debería ser». “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. Carl Rogers.