He de confesarte que hace unos años, cuando era estudiante de preparatoria, y aún no había desarrollado esta condición, tenía las peores calificaciones del mundo, sobretodo en aquellas materias que me demandaban demasiada atención y memoria.

Prácticamente, podría decir que “pansé” la mayoría de las clases teóricas, sin embargo con las prácticas como arte, inclusive historia (ya sé que no es práctica, pero me gustaba un montón) y obviamente deportes, alcancé a rebasar un promedio “casi” de 8 (liberen las risas enlatadas).


Hace 5 años, justamente un año después de haber sido diagnosticada, hice conciencia de la importancia de titularme de la licenciatura que con mucho esfuerzo, trabajo y sacrificios me pagaron mis papás y también yo, con la beca que había conseguido; y es que, ya para la licenciatura, mis intereses eran otros. Creo que lo que pasó fue que, en la carrera no había una sola materia que no me gustara. En fin a casi tres años de haberme graduado, decidí titularme, lo que significaba acreditarme en Francés Avanzado, y aunque llevaba muchos años estudiándolo, sentía que para mí específicamente, sería una misión imposible, porque mi trabajo me demandaba tiempo completo, más las tareas del diplomado, más los hábitos recientemente adquiridos por el tema de la diabetes, etc. Yo sentía que la única manera era pedirle a los dioses del Olimpo que le aumentaran horas a los días. Sin embargo todo fluyó en perfecta sincronía, y ahora entiendo por qué.


Me acabo de topar con un artículo acerca de un estudio que se realizó a 88 estudiantes universitarios mediante el cual descubrieron que existe un vinculo estrecho entre realizar alguna actividad física y tener una buena memoria. Lo que se especula es que los estudiantes que llevan acabo algún tipo de entrenamiento y/o actividad física tienen mejor memoria que los que no.


Y pues nada, y todo… ahora entiendo por qué logré salir avante no sólo en el examen escrito, que podría decirse que estaba “repapita” comparado con el oral, sobretodo si me ponen al maestro más guapo de Francia a evaluarme.


Por primera vez compartiré una de las recetas de mi casa, porque pareciera que tener diabetes es sinónimo de no volver a disfrutar la comida, y por el contrario, comes la mayor parte del tiempo para nutrirte, y cuando te das permisitos los disfrutas casi tanto como ir a Disney.


ESPÁRRAGOS CON HUEVOS POCHADOS Y QUESO PARMESANO (ración por persona)

Ingredientes:

3 espárragos limpios

1 huevo (ó 2)

¼ de queso parmesano

pimienta

sal


Pon agua a hervir en dos cazuelas. Echa los espárragos en una de ellas, deja que el agua vuelva a hervir para que se cuecen durante 5 minutos o hasta que estén tiernos.

En tanto, baja el fuego de la segunda cazuela para que el agua hierva lentamente y, con mucho cuidado, rompe sobre ella el o los huevos, de uno en uno. Escálfalos durante 3 minutos o hasta que las claras hayan cuajado pero las yemas sigan blandas.

Escurre los espárragos y sírvelos en un plato. Coloca encima un huevo y las láminas de queso parmesano. Sazona al gusto con poquita sal y pimienta, y no tardes en comerlos porque saben deliciosos calientes.

Los espárragos son buenísimos para los riñones, y por lo tanto súper recomendables para nuestra dieta y así evitas problemas renales.


Luego leo defensores del buen uso de las palabras y siento que estoy siendo una mala “diabetestiana” y me tuviera que lavar la boca con jabón por decir blasfemias, aunque si las escribo, pues lo que me tendría que lavar son las manos. Lo que es una realidad es que aceptar y entender esta condición lleva un proceso y lo que lo hace más llevadero es hablarlo como lo vives y como lo sientes, y ya con el tiempo le podrás poner nombres y adjetivos correctos, y no significa exactamente restarle importancia al hecho de informarte e involucrarte con todo lo relacionado a tu salud.


Cuando recién me diagnosticaron, mi hermana mayor tenía 8 meses de embarazo y pasó que una vez aceptada mi situación, a riesgo de perderme del parto, decidí viajar un par de semanas, y eso ocurrió. A mi regreso, habían pasado ya 4 días del nacimiento de quien hoy es mi persona favorita. Estando lejos, cuando recibí la noticia, comencé a pensar y a preocuparme anticipadamente por el hecho de cómo le explicaría llegado el momento a mi “sobri” lo que a partir de entonces se estaba convirtiendo en mi estilo de vida; sobretodo el tema de las jeringas y de los piquetes, y qué miedo si un día por curioso se le ocurría hacer travesuras con mis juguetes.


Lo subestimé, cuando comenzó a hablar (que por cierto, “Nilly” fue su segunda palabra después de mamá) y tenia más que despierta la curiosidad, sabía que su tía no debía comer dulces, y que se debía picar algún dedito de la mano y la barriga antes de cada comida. A 9 años de eso, jamás he tenido que preocuparme por nada, es más, hace unos días supo explicarle a mi mamá que yo prefería no probar la tarta de frutas que habían traído de la pastelería (como si ella no lo supiera) porque mi sangre se ponía dulce, y eso no estaba bien, también sabe que tengo que comer muchos alimentos verdes, de esos que no le gustan tanto, para sentirme fuerte y poder jugar mucho con él. Jamás ha agarrado ningún insumo sin mi consentimiento; siempre me pregunta por mis partidos de frisbee, que sabe son “casi-obligatorios”, también antes de comer, corre conmigo a ver mis niveles de glucosa en la sangre, le gusta decirme el número que aparece en la pantalla de mi glucómetro y siempre está al pendiente de que me inyecte antes de comer cualquier cosa sin hacerme sentir hostigada. Lo siguiente es explicarle la diferencia entre carbohidratos y proteínas.


Mi condición ha sido un proceso muy grato acompañada de un pequeño que me contagia alegría y con quien he ido entendiendo y poniéndole nombres y palabras a todo lo que vivo diariamente, que no me juzga si lo digo bien o mal y que por el contrario, se ha dado cuenta que su tía tiene que hacer cosas distintas al promedio de las personas con quienes convive, pero no logra percibir que eso es “raro” porque está creciendo con esa parte de mí y conmigo a la par. Entiende perfectamente el significado de salud.


Esta vez voy a hablar de los mensajes subliminales (ya vi tu cara de ¿quaaaa?, ¿o sea cómo?, o sea, ¿no va a hablar de diabetes?… –Y sí, obvio sí). Todo eso que comunicamos sutilmente sin palabras y sin querer queriendo, que refleja nuestro nivel de felicidad.

Cuando eres feliz, te sientes pleno y conectado con el universo y se nota. No significa que todo te sale de maravilla pero sí que le das sentido a las cosas y que no cualquier lluvia de marzo te achicopala, aunque a veces también pasa y ahí vas por la vida mandando mensajes duales, emocionalmente hablando.

Sinceramente yo no considero que el mundo esté dividido en gordos y flacos, pero si en sanos y no tanto, y no tiene que ver con cuestiones de peso o de condición física, sino de actitud. Aquí es que comienzo a hablar de lo que me consta que genera en mí el deporte o cualquier actividad física que disfruto hacer.

Es domingo, son las 8 am (por lo general) mi vida se debate entre el amor de mi cama y liberarme de ella (como cuando liberan a Willy) para entregarme por completo a la prisa de llegar puntual a mi partido de tocho bandera. Podría jurar que a todos y cada uno de mis compadres de juego les pasa igual. Pero bueno, ahí vamos, a escupir el pulmón y darlo todo  (literalmente damos TODO… Cuerpo, mente y alma) para a veces ganar y otras varias, perder.  Podría jurar también que terminando cada partido, aún después de habernos insultado, gritado y cautelosamente tacleado, todos nos sentimos más vivos, enamorados, alegres, a veces decepcionados… pero ¡VIVOS!


Es real que necesitas una motivación para desarrollar un hábito. A mí me motivan, entre muchas otras cosas, todas las ventajas  que encuentro como trabajar con tu voluntad, con tus demonios y pensamientos auto saboteadores, promover la sana competencia, generar trabajo en equipo y desarrollar un carácter ante diversas circunstancias, sean positivas o negativas; seguir a un líder o también serlo, pero sobretodo ver mi esfuerzo plasmado físicamente en mis estudios de hemoglobina glucosilada, y que a su vez están directamente relacionados con la hormona de la felicidad.


Aunque sé perfectamente que la insulinoindependencia es como un sueño (tal vez no muy lejano), Héroe ha tratado de persuadirme desde hace varios años ya, para que por lo menos intente darle una oportunidad a una microinfusora de insulina, y es que sinceramente me provoca pánico la idea de llevar al “Tamagotchi” para todos lados (incluso a donde el rey va solo)… pero siendo sincera, tampoco es taaaan raro, pues con mi smartphone también ando del tingo al tango y no me estorba, es más, es una extensión de mí, sin embargo mi teléfono es socialmente aceptado y la bomba de insulina, para empezar por su nombre ya saca de onda y para terminar es como un bíper, lo cual no sería raro si estuviéramos en 1996, peeeero no.


¿Qué tal que al chatito que me gusta, le dejo de gustar?, ¿qué tal que se espanta?… o ¿qué tal que ya no voy a poder usar ropa pegada?… mucho menos ombligueras. Las clases de yoga, los partidos de tocho y de frisbee ahora serán un rollo porque el Tamagotchi es resistente, pero ¿hasta qué punto?… tal vez todas estas ideas son NADA comparado con las ventajas que me traerá esta terapia, pues ciertamente es lo más similar a la acción que lleva a cabo un páncreas completamente sano. Administrará la insulina que necesito a lo largo del día en relación a un plan diseñado especialmente para mí.


El gran incentivo es la libertad que me dará para comer lo que se me antoje cuando quiera, dormir, bailar, manejar, jugar tocho, en fin, vivir y poder despedirme del pánico de comenzar a sentir la aterradora debilidad, el sudor frío, las taquicardias y temblorinas, el hambre voraz y todo lo que representan los bajones de glucosa, así como también de las plumas y las jeringas.

Vienen cambios para mí, mucho por estudiar y aprender. Te mantendré informad@ de esta nueva etapa como insulinodependiente.

Suficientemente incómodo te sientes contigo mismo cuando recién te diagnostican como para aguantar los hastíos de la gente que te rodea, y conste que no me refiero a quienes te quieren e intentan hacerte la vida más ligera, aunque también. Es cuestión de respirar hondo y restarle importancia al cambio, lo cual suena más fácil de lo que es, sobretodo cuando llega la hora de comer.

Cuando todo comenzó para mí, me pasó que tuve que empezar a dar explicaciones en la mesa a mi familia y amigos del por qué me tenía que inyectar en la barriga o en las piernas, y es que como ya lo he mencionado, la mayoría de la gente ignoramos el tema.


La explicación ahora es muy sencilla, pero entonces, ni yo entendía muy bien qué me pasaba, pero sí o sí tenía que inyectarme antes de comer lo que fuera (bueno, carbohidratos), y pues mi familia y amigos, tragaban saliva e intentaban poner cara de “no pasa nada”, pero cuando tenía que hacerlo en un lugar público, yo misma me aliaba con mis cuates para que hicieran aspavientos mientras yo me inyectaba por debajo del mantel. Habían otras veces que yo no lo pedía, pues comenzaba a dominar como karateca el arte de inyectarme en 5 segundos, y una muy querida amiga, con toda la inocencia del mundo, hacía algún comentario chusco como “No, no gente, no se está drogando”, y yo sólo quería que me tragara la tierra…

A veces para evitarme los bizcos de las personas en lugares públicos me escabullo al baño, otras, cuando forzosamente lo tengo que hacer a la vista del mundo, he logrado dominarlo como truco de magia; lanzo una pregunta casi capciosa al aire, de manera que la gente pone toda su atención en lo que va a responder y yo, a lo que voy, en un chasquido ya hice mi cuenta de carbohidratos y un piquete veloz.


Con el tiempo tanto mi familia, como amigos y conocidos lo llevamos de una manera más natural, pero ahora, nuevamente estoy por comenzar mi tratamiento con una microinfusora de insulina (a la que llamaré Tamagotchi, aunque es un poco más ostentosa y compleja), pues Héroe lleva picándome las costillas con la idea hace más de 7 años, y yo por cuestiones de estética, me hago la que la virgen me habla, pero la realidad es que cuento con un seguro de gastos médicos que me cubre el 90% de los insumos y tengo que aprovecharlo y valorarlo, porque no todos tienen esa gran oportunidad, sin embargo es un terreno desconocido y tendré que idearme la manera de pasar desapercibida, porque la realidad es que lo que más nos pone los pelos de punta a los que tenemos esta condición, es provocar bizcos y ojos saltones, sobretodo a la hora de comer.



Cuando me diagnosticaron con diabetes tipo 1, se me fue el aire, no me enfermé por un susto, lo sé porque en realidad el susto me vino después. Se me cerró la garganta y empecé a sudar frío, porque la realidad es que no sabía lo que se me venía, sólo imaginaba una tumba cavada, como cuando a Ebenezer Scrooge lo visita el fantasma de la navidad futura; y es que mi ignorancia ante el tema era infinita. Sin embargo con el paso de los días comenzaron a ser evidentes los cambios positivos.


Mi piel mejoró.

Toda mi vida, había tenido pequeñas horribles imperfecciones, sobretodo en la cara, pero cuando tenía un absoluto descontrol de glucosa en la sangre, la cosa se puso peor, mis mejillas y cuello comenzaron a llenarse de granos y espinillas, sentía comezón en brazos y piernas, y las manos las tenía cuarteadas de resequedad; me sentía en comercial para cremas hidratantes pero en el antes, no en el después. Estaba completamente seca. Fue cuando alcancé el control de glucosa en mi sangre a través de un régimen basado en cuenta de carbohidratos y a la vez un tratamiento con insulina, que mi piel se tornó más sana y tersa.

(Esta era yo… la de abajo de la niña)


Recuperé peso y energía.

Calculo que tardé un mes en saber que la suma de mis malestares eran causados por una condición física llamada diabetes. Durante esos 30 días, aproximadamente, recuerdo que había bajado más de 8 kilos, parecía un pequeño alienígena. Esto sucedía porque sin insulina, el organismo no puede utilizar la glucosa como combustible, por ende, el organismo descompone las grasas para utilizarlas como energía. Cuando comencé mi tratamiento, mi peso volvió a su normalidad, y con él, mis ganas y alegría por vivir.


Mi sentido del humor y salud emocional regresaron.

A veces, aún me pasa, que cuando se me suben los carbohidratos a la cabeza, me convierto en un monstruo, me pongo de pésimo humor, soy como la loca de mi casa, pero enseguida se me pasa, jaja… y es que me tardé en descubrir que es una cuestión química y que mis emociones están directamente relacionadas y son directamente proporcionales a mis niveles de glucosa, por lo tanto también están en mis manos y bajo mi control.


La verdad, entre muchas otras cosas, admito que esta condición también me trajo cambios positivos.

Tengo la fortuna de haber crecido en una familia cariñosa, intensa, generalmente alegre, unida y entre muchas otras características, llena de médicos. Por lo que gran parte del tiempo, sin querer escuchaba en algunas conversaciones de enfermedades (diabetes, por ejemplo) que padecían personas desconocidas para mí o algún familiar lejano. También recuerdo que en primaria, Adriana, mi compañera de banca, tenía alguna extraña enfermedad, no sabíamos qué era pero antes de los descansos iba la Miss Teresita por ella para inyectarla. Siempre fue un misterio para todas y en vez de explicarnos con claridad acerca de su condición física, que ahora entiendo porque la padezco, nos lo ocultaban, lo que nos provocaba de alguna manera, rechazo hacia ella; así se convirtió para nosotras en un tabú.

Cuando eres niño, sobretodo, siempre piensas “a mi no me va a pasar” y creces reafirmándolo, porque no eres consciente de tu vulnerabilidad humana, hasta que te pasa. Sin embargo, definitivamente creo que tu manera de pensar define tus experiencias y eso es fundamental en el desarrollo de una enfermedad. En mi caso, cuando llegué a la edad adulta, cuando empecé a trabajar, tenía miedo de todo, vivía sumamente estresada por cualquier cosa, no quería fallarme; ni a mí, ni a mis papás, ni a mi entonces jefa.

Héroe me asegura que no tiene nada qué ver, dice que de ser así, él también estaría enfermo. Pero a mí, nadie me quita de la cabeza que a parte de la predisposición genética, el haberle perdido la dulzura a la vida, dejar de lado el deporte, hacer una comida al día, dormir poco, llorar todos los días durante un año y medio por estrés laboral y no haber sabido canalizarlo, me quebró.

Tal vez, efectivamente no exista un método de prevención para la diabetes tipo1, pero si pudiera volver en el tiempo, le prestaría toda mi atención a lo verdaderamente importante; mi felicidad, bienestar físico y emocional.


Es necesario que abiertamente se hable de estos y otros temas, sin menospreciar la gran inteligencia de los pequeños y adolescentes, y orientarnos e informar para que las enfermedades y ciertas condiciones dejen de ser, de alguna manera, un tabú.


El endocrinólogo, quien es mi Héroe, estaba verdaderamente sorprendido. A base de mi tratamiento con insulina, dieta y ejercicio, mi sangre tenía niveles perfectos de glucosa.


Paulatinamente las cosas se fueron descontrolando, estaba hasta el copete de aparentar, no me sentía bien, estaba enojada porque… ¿por qué a mí?, ¿por qué yo? Lo siguiente fue inconscientemente evadirlo; me acomodaba cada fin de semana las fiestas de mi vida. Mis amigos fueron maravillosos, si bien, jamás me han dicho qué hacer y qué no, siempre estuvieron conmigo para cuidarme y acompañarme. En cambio “el niño” con el que salía, no, él huyó corriendo. Después lo entendí, ¿cómo esperaba que el dude que me gustaba se quedara si yo misma me odiaba? La historia se repitió con los que le siguieron.

Pronto mi Héroe se dio cuenta de mi depresión. Me mandó directito a terapia y sin escalas.

Han pasado 8 años desde entonces, y no te diré que manejo niveles admirables siempre, pero la mayor parte del tiempo me siento sana. Aprendí a aceptarme, quererme y cuidarme. No tengo una vida perfecta, por eso es perfecta. Tuve un novio, nos perdimos de amor, finalmente se terminó por motivos muy ajenos a mi condición. Viajo una o dos veces al año, salgo todos los fines de semana, trabajo, voy a clases, juego ultimate… el punto es que tengo una vida muy normal.

Lo que me vino con esta enfermedad autoinmune es que comencé a buscar respuestas en libros, clases, viajes, yoga, meditación, chamanes y de repente la vida cobró valor; la abrazo y me acepto, entonces vivo intensamente todos los días.

Decido escribir para compartir contigo mis experiencias, mis conocimientos y mis dudas también, tengas diabetes o no, porque hace 9 años me hubiera gustado encontrar a alguien que me asegurara que todo estaría bien, que deja de ser incomodo cuando cedes. Esta condición te saca del confort, te sentirás expuesto y raro, como pieza única de museo, pero por Dios, ¿quién no lo es?… te exige comer correctamente, hacer deporte todos los días, dormir 7 u 8 horas diarias (lo que todo el mundo debería de hacer en realidad), además de revisar 7 u 8 veces al día qué tal anda tu glucosa.


Había decidido renunciar al mejor trabajo de mi vida. Pasaba por una mala racha emocional pues tenía el corazón roto, una jefa neurótica; estaba poniéndome flaquísima, como alien; cargaba un cansancio irreal, mismo que me impedía vivir, al igual que la insaciable sed; un molesto y agudo zumbido en los oídos, y por si fuera poco, la mano derecha dormida desde hacía varios días. Mi mamá preocupada por el conjunto de piedras que acumulaba su hija menor, rogaba a Dios (sin decirme nada) que no fuera diabetes.

Era agosto del 2009, llevaba toda la mañana obsesionada con el videoclip de Bengala, pensaba emocionada en la gran casualidad que me parecía haberme cortado el pelo días atrás justo como la chica que estaba en la tele, cuando sonó el teléfono, una voz nerviosa del otro lado de la bocina me pedía que me presentara urgentemente en la clínica donde me había hecho estudios un día anterior. Ni siquiera chisté en preguntarle ¿del uno al -por qué le tiembla la voz-, qué tan grave es?

Ese día me internaron. Tenía tres semanas (más/menos) con la glucosa en la sangre por arriba de 500, y pues como no daré por hecho que de lo que te hablo es un tema que domines, aclararé que el rango común es de 70-120 mg/dl. Me recuerdo en el cuarto junto a mis papás y mis hermanos, el ambiente era como de funeral, a los cinco nos sorprendió por la espalda, estábamos mudos, cada uno manteníamos una conversación interna cuando entró Doc a hacerme una serie de cuestionamientos relacionados con mis hábitos alimenticios y si había tenido sobrepeso de pequeña, a lo que respondí confundida puesto que no entendía a donde quería llegar. Yo jamás había sido ni poquito chobi (ni siquiera la vez que regresando de campamento me comí una pizza completa) y tampoco llevaba una dieta desbalanceada. Lo que sí recordaba es que meses antes pasaba demasiadas horas de ayuno por mis horarios de trabajo… y reincido, muchísima tristeza acumulada.

Doc concluyó por las característica que presentaba que la diabetes que tenía era infantil, tipo 1. -¿Eso qué significa? Que mi sistema inmunológico ataca la insulina que produce mi páncreas.

Los días siguientes experimenté todas las emociones humanas, estaba en duelo, distraída, evasiva… no sabía lo que me venía pero creo que desde niña controlo la resignación como ninja, sin dramas… o así solía hacerlo.


Con los días empecé a enojarme, entristecerme y frustrarme, pero veía a mis padres tan asustados que fingí todo ese año dominar la situación con tal de que se calmaran. Entonces inicié un estricto tratamiento con insulina, dieta y ejercicio.